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Vencejo, apus apus,
common swift. |
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No es que los vea desde mi ventana,
es que ¡anidan en mi ventana¡ Exactamente encima de dos de las ventanas,
en el agujero entre el alero de madera y la última piedra.
Son muy abundantes en pueblos y ciudades, más que en el campo. Vienen en
abril desde más allá del Ecuador terrestre y se vuelven a África entre
julio y septiembre. |
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Aunque se parecen, no son de la
misma familia que golondrinas y aviones. Alas con forma de sable,
garganta blanca, ojos grandes, pico pequeño pero boca grande y patas
débiles. Son los más rápidos voladores de estos lares. Pueden alcanzar
200 km/h. |
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Me he puesto a escribir ahora para
inspirarme mientras los veo: pasa repetidamente un grupo de media
docena, con ese chillido agudo y penetrante, jugando entre ellos, a
enorme velocidad. Cuando más chillan es cuando pasan lanzados a ras del
muro donde está el nido. Pasan muchas veces; de vez en cuando, uno de
los miembros de la pareja entra por el agujero. Se para en seco para no
estrellarse. Suelen pasar más por la mañana y al atardecer, aunque a
veces, los veo a cualquier hora. El pequeño que está dentro (estamos a
últimos de junio) se asoma y también los llama cuado pasan. |
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Están hechos para
volar: comen en el aire, beben desde el aire, recogen material para el
nido en el aire, copulan en el aire (también en el nido, los muy
pillines), y duermen, sino incuban, a gran altura mientras siguen
volando. Los jóvenes no reproductores pueden estar años sin posarse.
Volando, en horizontal o vertical, siempre mantienen los ojos paralelos
al suelo.
Son monógamos
repitiendo de pareja al año siguiente, aunque migran por separado.
Vuelven a los mismos sitios de nacimiento o entornos cercanos. |
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El nido lo fabrican
con lo que pillan en vuelo o recogen a ras de algún tejado: pajas,
hierba y plumas con saliva. Ponen dos o tres huevos; al salir por
primera vez, al anochecer, no dejarán de volar.
La fachada de casa
la comparten, no sin discusiones, con muchos gorriones y con una familia
de murciélagos que salen de noche a dar vueltas. |
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También hay en las ciudades |
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Supimos que teníamos un nido de
vencejos hace un par de años porque nuestra perra entró en casa con uno
en la boca. Era una cría que no sabía volar y estaba, increíblemente,
viva. La dejó en un sofá y la intentó esconder con un trapo. La
alimentamos (no quedó insecto volátil en los alrededores) y al cabo de
un par de semanas, una tarde, comenzó a revolotear en el cajón donde
dormía. La sacamos de casa de casa en la mano, y sin darnos ocasión de
reaccionar, arrancó a volar. Voló un rato alrededor de donde estábamos y
se marchó. Dos años después hay, al menos, tres nidos bajo el alero,
justo encima de las ventanas. |
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Vuelvo a oírlo mientras termino
estas líneas. Seguro que es descendiente de Fausti, el vencejo que nos
trajo la perra. |
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